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La reciente afirmación hecha por Carlos Gutiérrez, Secretario de Comercio de Estados Unidos, en la Conferencia de las Américas organizada por el Miami Herald, ha supuesto el lanzamiento de una importante iniciativa del gobierno norteamericano. Se plantea un reto al régimen de Raúl Castro: llevar a cabo un referéndum, bajo la supervisión de la Organización de Estados Americanos, para determinar si el pueblo cubano desea o no la democracia. Este referéndum está diseñado siguiendo el patrón del plebiscito que dio fin a la dictadura de Pinochet en Chile hace dos décadas. Y está en la línea de las afirmaciones del presidente Bush en relación a que son los propios cubanos quienes deben determinar su futuro. El objetivo de esta iniciativa de carácter táctico es múltiple. En primer lugar, colocaría al régimen de Raúl a la defensiva, y pondría de manifiesto su disposición real de proporcionar una apertura hacia la democracia en Cuba. En segundo lugar, serviría para generar mayores discusiones entre las varias élites gubernamentales del país, en particular los militares, para encontrar una solución honorable que dé fin a los 47 años de dictadura. En tercer lugar, proporcionaría un punto de apoyo en torno al cual la comunidad internacional se podría unir para presionar al régimen actual o al siguiente, exigiéndole una apertura al proceso político. Y, finalmente, haría surgir dentro de los Estados Unidos y en todo el mundo una justificación adicional para la toma de otras medidas más severas, si Raúl Castro, tal como puede esperarse, ignore el reto norteamericano o se niegue a llevar a cabo un referéndum. Si Raúl Castro aceptara, Cuba se vería vuelta de cabeza. La votación tendría que estar precedida por meses de discusiones y preparación; sería necesario que los opositores tuvieran acceso a la prensa cubana, hasta ahora controlada; requeriría que miles de observadores provenientes del exterior visitaran la isla y tuvieran una participación en el proceso. Todo esto haría que, para Cuba, fuera muy difícil regresar a las prácticas totalitarias del pasado. Lamentablemente, la sucesión dinástica de Fidel a su hermano está procediendo actualmente sin problemas. La inevitable transición que todos deseamos, hacia una sociedad democrática y abierta, será difícil y tomará tiempo. Requerirá, además, que se mantengan las actuales políticas norteamericanas, lo cual supondrá un esfuerzo considerable en varias áreas: la diplomacia y la comunicación pública; iniciativas diplomáticas; apoyo a los disidentes y a los activistas de derechos humanos, así como a la sociedad civil en la isla; y toda una serie de operaciones encubiertas orientadas a debilitar a los regímenes que sucedan al castrista. Los Estados Unidos y la comunidad cubano-americana necesitan desarrollar políticas y acciones capaces de minar al régimen cubano, de ponerlo a la defensiva y a fin de cuentas, acelerar su fin. Para movilizar y llenar de valor al pueblo cubano, se necesita enviarle un mensaje de esperanza y de prosperidad, que sustituya al de miseria y sufrimiento que le ofrece el actual régimen comunista. Un elemento clave sería enviar a los militares el mensaje de que otros ejércitos han prosperado después de las transiciones, como por ejemplo en el caso de Europa Oriental y de Chile; esto sería esencial para animar a los militares cubanos a que empiecen a desempeñar un papel en la vanguardia del cambio, y no en contra de él. Y para tender puentes con los cubanos de la isla es fundamental que la comunidad cubano-americana les envíe el mensaje de que no busca venganza o ganancia en Cuba, y que está lista para ayudar a reconstruir al país y ayudarlo a salir de su pobreza. El camino que se abre es tan traicionero como un campo minado. Nadie tiene el monopolio sobre los métodos de acelerar una transición hacia la democracia. Las lecciones de Europa Oriental y otras áreas proporcionan algunos lineamientos sobre lo que puede hacerse. Sin embargo, la terminación del comunismo en Europa tomó décadas de cambios del liderazgo, declive económico y corrupción interna, junto con una considerable ayuda de Occidente y de sus instituciones. Reunamos todos estos recursos, junto con nuestra propia resolución, para traer a Cuba a la comunidad de naciones libres. Esta claro que: la meta inamovible de la administración Bush, y la mía propia, es que Cuba alcance plena democracia y libertad. *Jaime Suchlicki es director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos
de la Universidad de Miami.
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